Durante la noche la luz de la ciudad es especial

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Para muchas personas la noche es un tiempo de melancolía especial. Este relato, basado en las experiencias de una querida enfermera, reúne todas esas emociones que acumulamos en nuestro trabajo, aunque en el de ella de una forma más intensa: esfuerzo, cuidado, muerte, ilusión por vivir, soledad…

«A primera hora de la noche la luz de una ciudad es especial. No es natural. Se vuelve anaranjada y oscura. Como el sepia de las fotografías antiguas. Una luz vieja y cansada. No se cuando ocurre el cambio, pero ocurre. Y ocurre todas las noches. Algunas tardes veo la puesta de sol desde la ventana de la cocina, las nubes amarillentas  y rojizas sobre la sierra: en esos días la luz es oscura y transparente. Aguardo a que el sol se oculte tras los montes y entonces me cambio y me pongo la ropa de hacer deporte. Cuando salgo a correr la luz ya ha cambiado. Es la luz de una ciudad, de una gran ciudad y me gusta correr con esa luz, meterme en mis pensamientos y notar como mi cuerpo se cansa y comienza a sudar. Entonces mi respiración se hace más profunda y en invierno, ahora es invierno, me agrada exhalar con fuerza y cruzar mi propio vao, pasar por él como un avión por una nube. Todas las noches corro a la misma hora, después de que el sol caiga, es un buen momento para correr, no hay nadie en el parque y si hay alguna pandilla me alejo de ellos. Son chicos malos, salvajes y dañinos. A las chicas por la noche cuando van solas corriendo por el parque las miran de una forma, que no me gusta. Cuando corro, corro de verdad, me esfuerzo hasta el límite. Me gusta correr de esta forma tan exigente, hasta que dejo de sentir el cuerpo. Entonces no siento ni dolor, fatiga, cansancio. No siento el cuerpo y no se explicar qué siento cuando no siento el cuerpo. Solo sé que entonces me pierdo en mis pensamientos y pasa el espacio y el tiempo y no sabes contar. Y entonces me gusta llorar con lágrimas pesadas, como gotas que caen de un grifo mal ajustado clip, clap. Y cuando las siento caer por mi mejilla ya no quiero parar. Cuanto más inmensas, más abundantes  y constantes  son, mejor me siento  y entonces nada me da miedo, ellas me hacen indestructible, fuerte, poderosa, en ese momento no me fijo si las pandillas están cerca o lejos , me da igual, soy fuerte: lloro. Lloro por gente que conozco desde hace muy poco tiempo, gente que pasa por mi vida con la rapidez del rayo, como Rafclif, gente que me va a dejar en pocos día. Por todos ellos lloro con estas abundantes lagrimas pesadas que tanto me gustan. No llevo la cuenta de cuantas personas he visto morir: ¿Cuántos cientos?. Da igual. Seguro que un número capaz de dejar sin habla a cualquiera. Me alivia estar con personas que pronto van a dar el salto a lo desconocido. Me ayuda acompañarles en estos últimos metros, como se acompañan, en silencio, los enamorados cuando vuelven a casa. Desde hace años me ayuda trabajar con personas que van a morir. Estar cerca de ellos. ¡Aprendo tanto de su muerte!. ¡De su dolor y de su sufrimiento!. Quien me lo iba a decir a mi que tanto he temido encontrarme con la muerte, y ahora me encuentro con ella cada día, sin sentir ese vacío de cuando no queda aire en ti. Nada de aire. Un vacío que absorbe los pensamiento, las ilusión, los sentimientos. Con ellos , con todos ellos, estoy tan cerca de la muerte que siento como me van enseñando a morir. Y se que cuando esto ocurra estarán esperándome al otro lado del río. Y por fin estaré acompañada, aunque sea en esta única verdad de la vida. Por eso me gusta llorar mientras corro bajo esta luz amarilla de esta ciudad.

“No sientas lástima de ti mismo, eso sólo lo hacen los mediocres”[1]. ¿Madrid Blues?.

En Johnny cogió su fusil la enfermera aprende a comunicarse con aquel cuerpo informe, sin rostro, postrado. Un cuerpo que se agita y desespera, que se retuerce. Escribe en su pecho Feliz Navidad, letra a letra con calma, paciencia y amor. Y lo hace llevada por la compasión, que siente hacia Johnny y no por la lastima que le produce verle como un joven cuerpo desmembrado, cautivo,  Hay gente que piensa que los moribundos están cautivos, encerrados en un cuerpo, ciegos sordos, sin poderse mover ni hablar. Igual Johnny. Tras las ventanas del parque ¿cuántos ciegos, sordos, mudos, paralíticos? ¿Cuántos en la pandilla de latinos? ¿Cuántos entre las corredoras nocturnas como yo?¿Qué es lo peor que me puede ocurrir en el futuro? Ninguno de mis queridos amigos tiene futuro, ni pasado, tan sólo les queda el presente. Un presente inmediato instantáneo. El presente de una respiración, de un dolor, de un miedo.

Esta mañana he hablado a N de cómo lavaba la ropa mi madre en el pozo de la huerta de mi abuelo, no sé por qué. A sus 87 años N tiene Síndrome de Richardson-Steele-Olszewsk, las células de su cerebro están muy dañadas, es como si tuviera Parkinson. Dejó dicho que no quería que la mantuvieran viva artificialmente. Ya no se comunica. ¿Como Johnny?. Por eso me gusta hablarla de lo que hacían las mujeres hace tantos años, que puede que alguna neurona reviva y que por un instante N , además de presente tenga pasado: su pasado. Como cualquiera de nosotros. N se acurruca en mis brazos y me gusta sentir su piel como la de un niño, ¡tan suave! Sus hijos sufren porque piensan que sufren. No se si sufre, físicamente no sufre, le ponemos más de la cuenta para que no sufra.  A mi me gusta hablarle de cuando las mujeres lavaban la ropa en los lavaderos publicos, arrodilladas. El frío del agua en invierno agarrándose a sus huesos.  A G le gusta hablar del síndrome de cautiverio. G es muy simple, y a la vez compleja. Es la jefe de nuestro equipo. Tiene dos años más que yo, 35 y parece un libro abierto. Le agrada saber de síndromes y citar de corrido los nombres más enrevesados de cualquier desconocida enfermedad. Y no le gustan las médicas residentes con su curiosidad insana. En el equipo somos una médico, dos enfermeras y un conductor. Nuestra ocupación son los enfermos terminales: cambiamos muy rápido de clientes. De unos maravillosos clientes por los que me gusta llorar con lágrimas tan pesadas como el plomo. Queridos mios: se que me estáis esperando al otro lado del río. Si no lo supiera, me moriría de dolor».

 

[1]Tokio blues. Haruki Murakami

 

Por Chomin Alonso

Consejero especializado en liderazgo, comunicación y en resolución de conflictos personales y profesionales. Con un estilo de trabajo contextual y estratégico, desarrolla habilidades encaminadas a la resolución y disolución de las dificultades. Las intervenciones se realizan sobre problemas concretos de comunicación, lo que permite resolver las dificultades en el menor tiempo. La aceptación de la realidad, el compromiso en la acción y la elección de propósitos, valores. El ejercicio de resoluciones estratégicas, en la toma de decisiones bien encaminadas y dar respuestas ágiles, hasta lograr una vida más rica y significativa, completan la consultoría. Especializado en consultoria de dirección de personas, cambio profesional, consejería dirección.

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